El spam no mata
A los norteamericanos les gusta hacer estudios del siguiente tipo:
Cada trabajador pestañea una vez cada tres segundos en promedio. Cada abrir y cerrar de ojos dura un cuarto de segundo. Esto significa que en una jornada de ocho horas, la persona se pasa cuarenta minutos con los ojos cerrados. Supongamos un salario promedio de diez dólares la hora, y una masa de cien millones de asalariados. Siguiendo con el razonamiento, el trabajador típico se pasa ciento sesenta horas al año con los ojos cerrados. Estas horas son productividad perdida, y haciendo las cuentas llegamos a la conclusión de que pestañear le cuesta a la economía de USA 160.000.000.000 dólares (also así como el valor de Google) cada año.
Por supuesto no hace falta explicar lo rídiculo de este argumento. En este caso es obvio que el pestañear no interrumpe el flujo de trabajo. He leído estudios similares sobre pausas para ir al baño, tiempo leyendo el mail y demás. Lo que no toman en cuenta estos estudios es que la gente lleva a cabo su trabajo de todas maneras. Particularmente en el caso del trabajo intelectual, es estúpido suponer que alguien puede sentarse frente a un escritorio y producir en forma constante durante ocho horas. La capacidad creativa de una persona a largo plazo tiene límites que pasan por otros motivos mucho más inextricables que las simples distracciones cotidianas.
Esta introducción me lleva a pensar en los ríos de bits que se han dedicado al problema del spam y su naturaleza satánica. Lo llamativo del spam es que es una nueva pérdida de tiempo, algo que no existía digamos hace diez años. Para colmo, ni siquiera es una distracción placentera. Dado que los seres humanos reaccionamos a los cambios, es lógico que se hable del spam como un gran problema tecnológico a solucionar.
Pensemos un poco en cuántos otros problemas molestos existen que nos hacen perder tiempo todos los días, pero a los cuales estamos acostumbrados. Empecemos por algunos simples, como por ejemplo el de vestirnos o ducharnos. En Los Supersónicos, el famoso dibujo animado de hace varias décadas, tenían máquinas que llevaban al padre de la familia de la cama al trabajo en pocos segundos, haciendo uso eficiente de tecnologías robóticas. Lo mismo ocurre en las geniales historias de Wallace y Gromit. No obstante, nadie se queja de lo molesto que es tener que vestirse y ducharse (quizás no en ese orden) todos los días, y de la pérdida de tiempo que ello representa. Aún más importante, nadie protesta por la necesidad de dormir ocho horas diarias para poder funcionar sin necesidad de una alta dosis de cafeína. Sin duda habrá quienes desean “prolongar” la experiencia de vida en un tercio deshaciéndose de la necesidad de dormir, pero ese problema no ocupa mucho espacio en los medios.
Podría continuar enumerando irritaciones de la vida cotidiana mucho más importantes que el spam hasta el hartazgo. Alguien podría argumentar que tiene sentido gastar muchos recursos para declararle la “guerra” al spam. Mi conclusión es que es tan difícil como cualquiera de los otros, y que la ganancia sería ínfima. Claramente hay gente que consume productos publicitados a través de spam, y que le dan razón de ser a la industria. No es un problema que se pueda resolver en forma legal: los intentos realizados hasta el momento son equivalentes a leyes que declaran ilegales a los terremotos o inundaciones.Yo personalmente dedico no más de cinco minutos diarios a lidiar con el spam que recibo por distintos canales. Las soluciones tecnológicas actuales lo reducen a un nivel soportable, del mismo modo que es tolerable esperar que mi laptop tarde sesenta segundos en encenderse y llegar a un estado usable.
Si bien la comparación no es estrictamente adecuada, todo esto me recuerda a un pasaje del hermoso libro de Antoine de Saint Exupéry, El Principito:
-¡Buenos días! -dijo el
principito.
-¡Buenos días! -respondió
el comerciante.
Era un comerciante de píldoras
perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se
sienten ganas de beber.
-¿Por qué vendes eso?
-preguntó el principito.
-Porque con esto se economiza mucho
tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se
ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos
cincuenta y tres minutos?
-Lo que cada uno quiere… "
"Si yo dispusiera de cincuenta y
tres minutos -pensó el principito- caminaría muy
suavemente hacia una fuente…"