La plata y la felicidad
Este artículo habla de la relación entre el dinero y la felicidad. Estoy bastante de acuerdo con lo que postula, de hecho refleja mis impresiones sobre la sociedad norteamericana y por qué decidí volver a Buenos Aires.
Un weblog muy irregular
Este artículo habla de la relación entre el dinero y la felicidad. Estoy bastante de acuerdo con lo que postula, de hecho refleja mis impresiones sobre la sociedad norteamericana y por qué decidí volver a Buenos Aires.
La semana pasada vi esta película, una especie de comedia dramática ambientada en New Jersey y con un estilo bastante parecido al de Kevin Smith, quizá algo más oscuro. Su director/guionista/protagonista, Zach Braff, es conocido en el norte por su participación en la serie Scrubs.
El filme cuenta el regreso de un joven actor a su ciudad natal luego de diez años de ausencia con motivo de la muerte de su madre y su reencuentro con un número de personajes de su adolescencia. De a poco, entre chistes y sutilezas, nos va dejando ver la historia psicológica del tipo y sus cuestiones familiares que lo llevaron a dejar la ciudad. Contado así no parece demasiado original, tampoco quiero revelar demasiado. La gracia de la película está en las pequeñas anécdotas, frases sueltas y gags visuales de un segundo. Mucho de esto se perderá en la traducción o en el hecho de que, salvo que uno haya vivido en Estados Unidos, los guiños locales no le resultarán tan graciosos. Yo pude reconocer situaciones que alguna vez me ocurrieron, y por momentos me reí mucho. Otro gran incentivo para ver esta película es la presencia de Natalie Portman como “la chica”.
Algunos dirán que el argumento es un poco predecible, quizás sea cierto pero no hace demasiado a la cuestión. La película me resultó enormemente disfrutable y recomiendo no perdérsela si se estrena en cine o en video.
Hasta bien entrados los años noventa, yo era una de esas personas que odiaban los teléfonos celulares. Los veía como incómodos símbolos de status, pesados armatostes que ejercitaban la musculatura del portador.
Cuando me mudé al Silicon Valley y comencé a manejar sesenta kilómetros diarios por la autopista, decidí pasarme al otro bando con la idea de poder llamar al auxilio mecánico en una emergencia. Me compré un Motorola Startac y de a poco empecé a tomarle el gusto a la comunicación móvil. Luego tuve otros teléfonos (Samsung, Motorola v60, Nokias varios) más sofisticados pero las funciones extras no me llamaban mucho la atención. La gracia de los celulares era hablar.
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Hace unos días descubrí este sitio cuyo fin es el “intercambio de idiomas”. La idea es ponerse en contacto con gente interesada en aprender el idioma de uno y enseñarnos el propio, mediante mail, chat o voz.
Hoy tuve mi primera conversación a través de Skype (funciona mucho mejor que el teléfono, la calidad del sonido es comparable a una radio FM). Hablé durante media hora en francés y otro tanto en castellano con Tony, un belga de 30 años que trabaja en una fábrica de helados y tiene una novia madrileña.
La experiencia me resultó muy positiva, tanto que estoy pensando en pagar los u$s 24 anuales que MyLanguageExchange cobra para tener la posibilidad de contactar a otros directamente. La opción gratuita permite solamente ingresar nuestros datos y esperar a que un miembro pago nos contacte.