Ogeid » 2004 » Septiembre

Teléfonos celulares v2.0

El modelo actual de funcionamiento de las comunicaciones celulares tiene un número de limitaciones arbitrarias que surgen de su evolución a partir de otro monstruo, la telefonía clásica. Si hubiera evolucionado de otra manera, el modelo podría ser así:

- Uno va a una casa de telefonía, se compra un teléfono celular, lo configura con su usuario y password (como si fuera una aplicación de instant messaging). El teléfono se registra en un servidor y funciona. Esto significa que uno elige su número de teléfono para que sea fácil de recordar (e.g. diego456) y este dura para siempre, independientemente del teléfono. Nada de tarjeta chip ni otro hardware que se puede perder. Los contactos están guardados en la red. No sólo eso sino además uno puede tener distintos alias, aparecer invisible a llamantes indeseados, etc.

- Perder el teléfono celular no sería un problema grave. En caso de apuro, uno va a la esquina, se compra el teléfono más barato que existe o alquila uno, se loguea y sigue hablando y recibiendo llamadas. Nada de llamar al servicio al cliente y pasar por música de espera y trámites engorrosos.

- El login es global. Si me voy a otro país no tengo que estar discando números extraños ni prefijos esotéricos. Fulano123 es Fulano123 en Buenos Aires, Ulan Bator, Paris o Sydney.

- Todas las llamadas son gratuitas, dado que las redes celulares se conectan por internet. El acceso local es pagado mediante impuestos, igual que las calles y autopistas. Al fin de cuentas, cuando voy a otros países nadie me pide que pague impuestos por utilizar sus calles (excepto en Suiza, donde tuve que pagar al cruzar la frontera en auto. Supuestamente uno paga un prorrateo del impuesto anual a la circulación, lo que no me parece mal).

Las ventajas de este sistema son obvias. Alguien podría cuestionar el anonimato del sistema diciendo que los secuestradores y los terroristas tendrían impunidad para comunicarse. La respuesta a este argumento ingenuo es que ya la tienen. Los autos tienen patentes y los terroristas y secuestradores los usan igual. Al menos con un celular es más difícil lastimar a alguien.

De cualquier forma, este sistema podría dejar de lado el anonimato mediante una licencia de celular análoga a la de conducir, con la que uno tendría que identificarse al loguearse a la red además del password y el alias. El examen para sacar esa licencia incluiría preguntas como:

Usted está en un cine y alguien lo llama. Indique la acción correcta:

- Usted no se entera porque su teléfono está apagado o en modo silencioso.
- Su teléfono suena y usted lo atiende, contesta brevemente y en voz baja y corta.
- Su teléfono suena, usted lo atiende y habla en forma normal. Los demás espectadores comprenden y les parece bien.

Cornucopia

Antes de la invención de la imprenta el conocimiento era manejado por unos pocos, que en principio resistieron el nuevo invento. La imprenta terminó con ese monopolio e hizo desaparecer una profesión. También creó otras y generó un nuevo orden económico y literario.

Antes de la invención de la fotografía, los pintores eran mucho más famosos y respetados que ahora. Sólo unas pocas personas tenían la posibilidad de tener su propio retrato colgado en su casa. Los progresos de la fotografía durante el siglo veinte disminuyeron enormemente la necesidad y el prestigio de la pintura realista, llevando a los artistas plásticos en su mayoría a dedicarse a otras actividades como el diseño gráfico, las caricaturas o el arte abstracto.

Antes de la invención del fonógrafo, la única forma de escuchar música era tocándola uno mismo, o siendo lo suficientemente rico como para poder contratar a los mejores músicos. Las grabaciones crearon una nueva industria de distribución de contenidos, descubridores de talentos y promotores. La industria de la música creció enormemente e hizo que muchas personas que no hubieran tenido el talento necesario para triunfar anteriormente se dedicaran a la música en forma profesional.

La invención del cine tuvo efectos parecidos. Si bien no hizo desaparecer al teatro, redujo su importancia al punto de que los actores que sólo se dedican a las tablas son desconocidos por el público en general. La posibilidad de actuar una sola vez y luego reproducir esa performance simultáneamente por todo el mundo generó una industria poderosa como la de Hollywood, que crea miles de filmes para las masas todos los años con presupuestos monstruosos y un solo objetivo, la maximización de las ganancias.

Las industrias de los libros, de la música y del cine, con su posibilidad de crear algo una sola vez y venderlo infinitamente, venden productos que tienden a devaluarse. El valor intrínseco de algo que puede ser copiado infinitamente puede ser tan bajo como su costo de reproducción. Mientras este costo estuvo fuera del alcance del público masivo, estas industrias no se preocuparon demasiado por presionar a los gobiernos para obtener protección. Tuvieron una ventana de tiempo para crecer y convertirse en lobbies poderosos hasta que aparecieron tecnologías como los grabadores de cinta, las fotocopiadoras y más tarde las copias digitales e internet.

Estas industrias sostienen la idea de que la reproducción ilimitada y gratuita de un producto cultural (una película, un disco de música) significaría su destrucción, lo que sería malo para la sociedad en su conjunto. Por supuesto, lo que hacen es defender sus intereses. Nosotros, el público, debemos preguntarnos si eso es en realidad así. Imaginemos lo que ocurriría, por ejemplo, si no hubiese protección alguna para la música y fuese perfectamente legal y aceptable la copia indefinida de canciones.

Primero que nada, nadie vendería millones de discos o canciones. Ante la posibilidad de copia gratuita, cualquier canción o disco exitoso se desparramaría por internet de la misma forma que un software gratuito, una cadena de correo o una noticia. La interpretación de música en vivo cobraría mayor importancia. La música grabada en forma comercial sería sólo un vehículo de promoción de otros productos vendibles: los conciertos en sí mismos, el merchandising de una banda o bien cualquier otra cosa, desde pasta de dientes hasta destinos turísticos. Un grupo de gente a la que realmente le gusta crear música seguiría haciéndolo como hobby, del mismo modo que hay gente que escribe software sin esperar dinero a cambio. A diferencia del software, la calidad de la música es subjetiva, con lo cual todos podríamos continuar escuchando música de gran calidad. Probablemente desaparecerían muchos actos musicales del estilo de Britney Spears, que requieren un ejército de publicistas, productores, agentes, etc. Para mí, este cambio no sería necesariamente malo para la sociedad.

Podría hacerse un análisis similar respecto del cine. Veríamos menos películas creadas con el sólo objetivo de ser vendidas, que serían reemplazadas por otras con el objetivo de vendernos algo: productos varios o ideas políticas. El cine es más caro de producir que la música, con lo cual habría menos producciones de gran calidad. Estados Unidos podría hacer algo parecido a lo que hace la Argentina: tener fondos gubernamentales para subvencionar películas que se sabe que en la mayoría de los casos pierden dinero si bien algunas son interesantes y dignas de ver. Estos fondos podrían provenir de impuestos a la venta de elementos de distribución y copia, como ya lo han propuesto los lobbies del cine y de la música.

Por supuesto habría otras consecuencias, pero dudo profundamente que la legalización de las copias ilimitadas de música y películas tuviera un efecto perjudicial para la sociedad. Lo que me resulta indignante es la gente que pone a la ética en el medio y habla del bien, el mal y los delitos cuando lo que está en juego es simplemente la transferencia de poder de un sector a otro, tal como ocurriera en otros momentos de la historia de la tecnología.

Para después de la cena

Si alguien anda por Los Angeles y le sobran doce dólares, puede gastarlos yendo a visitar este museo de cadáveres plastificados.

Me pregunto si habrá alguna discrepancia entre el número de visitantes que entran y el de los que salen.

Sturgeon’s law

Según la anécdota, un admirador le preguntó a Theodore Sturgeon por qué se dedicaba a ese género menor si tenía muchos otros talentos más valiosos. Dicen que Sturgeon respondió: “es cierto que el noventa por ciento de la ciencia ficción es basura. Pero eso es porque el noventa por ciento de todo es basura”.

No se equivocaba don Sturgeon. Como ejemplo de esta ley he observado que en la ciudad de Buenos Aires el noventa por ciento de los tachos de basura son basura.